Dienstag, 4. April 2023

 







LA GUERRA CON ESTADOS UNIDOS QUE VENDRÁ






Abdón Mateos




INTRODUCCIÓN






La emergencia de Estados Unidos como nuevo Estado con ayuda de España se anunció desde el principio como la de un recién nacido que algún día se convertiría en un gigante, una república imperial, que amenazaría a la monarquía hispánica. La política de la monarquía o imperio hispánico hacia Estados Unidos fue claudicante desde la firma del Tratado de san Lorenzo en 1795, por la que se cedía territorio al norte del paralelo 31 al este del Misisipi y se establecía la navegación común del gran río fronterizo. Poco después, en una inversión de las alianzas, Carlos IV pasó a ser aliado de la república francesa, que enseguida empezó a reclamar la devolución del enorme y cuasi desierto territorio de La Luisiana, un territorio que había sido entregado a su majestad católica en 1763 a cambio de la ayuda en la guerra de los Siete Años.

La entrega de las plazas al norte del paralelo 31 se demoró hasta 1798 y en 1800, ya con Napoleón en el poder, se firmó un tratado secreto para la devolución de La Luisiana a Francia a cambio de la creación de un estado satélite para los Borbones en la Toscana. Para Godoy era un acuerdo favorable por el que se creaba el reino de Etruria con una población abundante a cambio de un desierto que no causaba más que gastos a la monarquía. El acuerdo contemplaba que La Luisiana no se entregaría a otra potencia, lo que fue ignorado por Napoleón en 1803. El imperio napoleónico consideró inútil la posesión de La Luisiana una vez derrotada la expedición de reconquista de la naciente república de Haití.

En 1802 el intendente español de La Luisiana suprimió, por órdenes de Madrid, el depósito angloamericano en Nueva Orleans y la navegación común del gran río. Esta medida, justificada por la temporalidad de la concesión, fue considerada por los americanos causa de grandes perjuicios y daría lugar a reclamaciones durante largos años.

La entrega de La Luisiana, culminada en 1804 en San Luis y Nueva Madrid en la Alta Luisiana, dio lugar a la creación de una comisión de límites fronterizos entre España y Estados Unidos. Además, se estableció un territorio neutral de hecho en torno al río Sabina en 1806, mientras los angloamericanos emprendían expediciones de reconocimiento de La Luisiana y de los afluentes del río Misuri, que les llevaron a alcanzar la costa del Pacífico en su exploración.

La definición de la frontera este de La Luisiana llevó a los americanos a la pretensión de que incluía el territorio de la Florida Occidental, conquistado por Gálvez a los británicos entre 1781 y 1783. Las correrías de aventureros americanos sobre Las Floridas fueron toleradas por los presidentes de Estados Unidos, justificándolas con la debilidad española para controlar a los indios seminolas y a los negros cimarrones asentados en el territorio.

El ministro plenipotenciario español, marqués de Casa Irujo, que había obtenido amplias concesiones territoriales en las Floridas y que pretendió originariamente el título de marqués de Florida, protestó por la cesión de La Luisiana y las incursiones, haciéndose incompatible con el presidente Jefferson y el secretario de Estado, Madison.

La insurgencia iberoamericana, alentada por el ejemplo haitiano, tuvo una primera manifestación en la expedición del venezolano Francisco Miranda desde Estados Unidos, con insurgentes y reclutas angloamericanos en 1806.

Las abdicaciones de Bayona de la familia real española dieron lugar a una crisis de legitimidad y soberanía, que tuvo su primera manifestación en Florida occidental en 1810, declarándose el territorio en Baton Rouge república independiente, para ser anexionada a continuación por el presidente Madison. Las agresiones y anexiones territoriales de partes de Florida occidental continuaron durante los primeros años de la segunda década del siglo XIX en el contexto de la guerra entre Estados Unidos y Gran Bretaña.

La Junta Central decidió enviar a un nuevo ministro plenipotenciario, Luis Onís, en 1809, que no fue reconocido por Estados Unidos, alegando el estado de guerra contra Napoleón y el rey José I Bonaparte, con quien mantenían buenas relaciones.

La crisis de soberanía tuvo enseguida repercusiones en el virreinato de Nueva España, donde el virrey Iturrigaray fue destituido en un golpe de Estado alentado por el comerciante español Gabriel Yermo, que había sido apoyado por el enviado de la Junta de Sevilla, el marino Juan Jabat. El cabildo de México y el propio virrey pretendía constituir una junta autónoma, depositaria de la soberanía, como habían hecho otros territorios de la península, lo que fue visto como una actitud ambigua ante la monarquía impuesta de José Bonaparte.

En 1810 se inició la insurgencia en Nueva España, que tuvo inmediata repercusión en el territorio de Texas, debido a la incursión de un novohispano con apoyo de angloamericanos y del diputado suplente por Santo Domingo, el cubano Álvarez de Toledo.

La guerra entre Inglaterra y Estados Unidos de 1812 dio lugar a una incursión por Florida, que fue tolerada por las autoridades españolas dada la alianza con los británicos en la lucha contra Napoleón en Europa. La derrota de los ingleses en Nueva Orleans en enero de 1815 debido a la defensa del general Jackson, ayudada por algunos piratas de Galveston y la población de origen francés, daría ímpetu a las incursiones de angloamericanos y de insurgentes iberoamericanos sobre las Floridas, que fueron reclamadas por el diplomático español, que consideraba inminente un estado general de guerra si no se cedía el territorio a Estados Unidos o se buscaba el apoyo de los aliados ingleses. A cambio de ese apoyo británico o de otra potencia como Francia podría cederse las Floridas e incluso la guinda de la parte española de Santo Domingo, recuperada para la monarquía en 1808.

Pese a la definitiva derrota napoleónica en 1815 el miedo a emisarios franceses, ahora como exiliados en Estados Unidos, incluido en propio José Bonaparte, siguió activo, pues se temía que los militares napoleónicos tuvieran pretensiones sobre el territorio de la monarquía en el virreinato de Nueva España. De hecho, hubo incursiones de generales franceses y creación de establecimientos en el territorio de Texas, que fueron obligados a huir por las tropas virreinales.

En 1818 el general Jackson rindió los fuertes españoles en Las Floridas lo que condujo a la aceleración de la negociación del tratado de límites con Estados Unidos para evitar una guerra. A cambio, España pretendía que cesara el apoyo a los insurgentes iberoamericanos y no se reconociera a las nuevas repúblicas. La cesión de las Floridas y el establecimiento de una línea divisoria que abandonaba la pretensión española de recuperar la frontera natural del Misisipi permitió asegurar el territorio de Texas sobre el que tenían pretensiones los Estados Unidos, considerando que el límite occidental de La Luisiana se extendía hasta el río Bravo, actual frontera de México. Además, Estados Unidos consiguió que se estableciera la frontera con el límite del paralelo 42 y el río Arkansas lo que le daba una extensión continental hasta el Pacífico. Se había evitado la guerra entre España y Estados Unidos, pero se dejaba una pesada herencia a la futura república de México, que, aunque ratificó los límites fronterizos establecidos en el Tratado Adam-Onís de 1819, se vio impotente para colonizar Texas y frenar la entrada de angloamericanos. En 1836 se produjo la secesión de la república texana, apoyada por Estados Unidos, cuya pretensión anexionista en 1845 dio lugar al estallido de la guerra que se había esperado y postergado diplomáticamente durante décadas con la nueva república imperial. Para entonces, la monarquía española había reconocido la independencia de México, después de unos años de pretensiones de reconquista y guerra de baja intensidad con la nueva república entre 1823 y 1830. A partir de entonces, las

relaciones entre España y Estados Unidos se verían sobre todo centradas en la cuestión de Cuba y la esclavitud, por lo que el rango de los diplomáticos españoles en Washington sería de menor relieve que los que habían desempeñado la misión en torno a los tratados de 1795 y 1819.

La trayectoria de los diplomáticos en el tránsito desde el Antiguo Régimen a la consolidación de la era liberal resulta ilustrativa de la adaptación de los altos funcionarios de la primera secretaría de Estado, debido, en buena medida, a la pervivencia de ciertos privilegios y la obtención de mercedes reales. La mayor parte de los diplomáticos fueron realistas moderados, de una cultura política reformista ilustrada, y un término con el que se autodefinió el más caracterizado de ellos, Narciso de Heredia, conde de Ofalia, que terminó vinculado al partido liberal moderado al final de su vida, de nuevo como presidente del gobierno, como lo había sido al inicio de la década absolutista de Fernando VII.

Me he detenido especialmente en la biografía de una serie de diplomáticos que tuvieron responsabilidades en Estados Unidos entre 1795 y 1853, alcanzando varios de ellos la jefatura del consejo de ministros en época de Fernando VII e Isabel II.

El tema de la nacionalidad (pero no de la ciudadanía) de los españoles americanos no fue evocado por estos diplomáticos con la excepción de Luis de Onís, que obtuvo sus nombramientos en tiempos de la Junta Central en 1809 y el Trienio liberal en 1820, asumiendo la idea de la nación española de ambos hemisferios, incluso recortada con la emancipación o intercambio con Portugal del cono sur. La autonomía e igualdad de representación de los americanos no fue planteada por estos diplomáticos salvo en el aspecto de la posible creación de nuevos reinos borbónicos asociados a la monarquía española. Curiosamente, Onís llegó a reflexionar sobre la conveniencia de crear un nuevo reino borbónico para Texas, Nuevo México y California, como forma de frenar el expansionismo angloamericano siempre que se desarrollara una política de colonización con europeos católicos. Únicamente, el ilustrado Valentín de Foronda se mostró favorable a la emancipación de América antes de que surgieran los movimientos insurgentes.

La esclavitud tampoco fue en modo alguno cuestionada por estos diplomáticos, planteándose, únicamente, Onís invertir en la compra de negros bozales si recibía concesiones territoriales en Cuba o Puerto Rico gracias a su amistad con el eficaz intendente liberal Alejandro Ramírez. En realidad, el conde de Ofalia consideraba que el trato hispano a los esclavos era benévolo, siendo, a su juicio, marginal la presencia de

descendientes africanos en Nueva España. Eso sí evitaba analizar la cuestión para las Antillas.

Hasta el incidente del barco negrero La Amistad no hubo ninguna observación sobre la prohibición del tráfico de esclavos o la abolición de la esclavitud, a pesar de firmarse el primer acuerdo con Inglaterra contra el tráfico en 1817 (renovado en 1835), abolirse la esclavitud en México en 1829 y ser esta medida una de las causas de la secesión texana en 1836. El miedo al dominio de los negros y mulatos libres en las posesiones antillanas, restos del imperio, llevaba implícito la continuidad de la esclavitud, aunque teóricamente se había firmado la abolición de la trata transoceánica. De hecho, Onís negoció con Canning el posible traslado a las islas Canarias de la comisión mixta contra el tráfico negrero en 1822.

En realidad, algunos de los diplomáticos biografiados se reencontraron con ocasión del incidente del traslado a Estados Unidos del barco negrero La Amistad en 1839-1840. En efecto, Calderón de la Barca, ministro en Estados Unidos en 1839, antes de su traslado a México, dio la primera protesta reclamando el retorno del barco y el juicio en Cuba de los negros esclavos sublevados, defendiendo su nacionalidad española. La protesta fue continuada por Pedro de Alcántara Argáiz, encargado de negocios, tras la salida a México de Calderón. Alcántara había sido secretario y encargado de negocios en Rusia en tiempos del Trienio Liberal, con otro de los biografiados Manuel González Salmón.

Narciso de Heredia, junto a Mauricio Carlos de Onís, recibieron el encargo del expresidente y ministro de Exteriores Antonio González en 1840 de informar sobre el incidente, como así lo hizo en una de sus últimas comisiones públicas el conde de Ofalia.

El “ayacucho” González ofreció, ya durante la regencia de Espartero, la legación de Washington a Mauricio Carlos de Onís, en pleno conflicto en Estados Unidos por la cuestión del barco La Amistad. Curiosamente, el defensor de la libertad de los esclavos era el anciano congresista y expresidente Quincy Adams, que tanto había tenido que ver con la firma del Tratado de Límites con el reino de España en 1819. De igual forma, John Forsyth, secretario de Estado americano y esclavista, había sido embajador en España en tiempos del Trienio, rebatiendo la memoria de Onís sobre el Tratado transcontinental.

La administración de la regencia esparterista, vinculada inicialmente con el partido progresista, no llegó a enviar un nuevo ministro plenipotenciario, a pesar de su relativa mayor cercanía con la república angloamericana que los liberales moderados. En realidad, los progresistas, como ha estudiado Josep Fradera, eran conscientes desde la guerra carlista de la importancia de la hacienda cubana y de los intereses esclavistas por lo que habían respaldado al capitán general Miguel Tacón en su decisión de que no se

restablecieran en Cuba las diputaciones provinciales y no proclamar por tercera vez la constitución de 1812, excluyendo en 1837 a los cubanos de la ciudadanía con la nueva Constitución.

Calderón de la Barca retomaría la reclamación por el Amistad con su retorno como embajador en Estados Unidos en 1844, considerando a Adams como un abolicionista radical y el peor enemigo de España.

En efecto, Adams fue entre 1817 y su muerte en 1848 el principal hombre público e ideólogo del destino manifiesto de Estados Unidos y de América sin injerencias europeas. Hijo de presidente, había empezado su carrera diplomática en Portugal a finales del siglo

XVIII. Responsable de las relaciones exteriores durante la presidencia de Monroe, fue un duro negociador con el enviado plenipotenciario español, Luis de Onís, forzando las cesiones españolas de Las Floridas y la extensión de Estados Unidos hasta el Pacífico. Se opuso incluso a la disposición de Monroe y de la mayor parte de su gabinete a trazar los límites entre la monarquía española y la república estadounidense en el paralelo 43, aunque terminó aceptando el 42 en su negociación con el diplomático español.

Adams tuvo en alta consideración a Onís como negociador, considerándole como el más avezado de los diplomáticos residentes en Estados Unidos. No obstante, Onís ante la amenaza de guerra, tras la ocupación de Las Floridas por Jackson, tuvo que buscar el apoyo del embajador de la Francia de los Borbones.

A pesar de considerar el Tratado de transcontinentalidad como el mayor triunfo de su carrera y del objetivo español de obtener un compromiso de que Estados Unidos no reconocerían a los estados disidentes iberoamericanos, tras la ratificación en 1821 después de que las Cortes reconocieran la amputación del territorio de la nación en las Floridas que estaba incluido en la constitución de 1812, Monroe se apresuró en 1822 a declarar el reconocimiento de algunos de los nuevos estados. Esta declaración provocó que Anduaga, ex ministro de Estado del Trienio liberal, pidiera su pasaporte, mientras que Onís, destinado en Londres, lanzó una tentativa para que los británicos reunieran una conferencia entre España y los nuevos estados iberoamericanos donde, al menos, se estableciera algún tipo de pacto confederal y ventajas comerciales.

Inspirador de la doctrina Monroe en 1823, después de que el británico Canning consiguiera el compromiso de Polignac que aseguraba que Francia no iba a intervenir en América después de la ocupación de España y la “liberación” de Fernando VII, accedió a la presidencia de Estados Unidos en 1824, no apoyando las tentativas colombianas y mexicanas contra Cuba en la guerra de baja intensidad que mantuvieron con España hasta 1830.

Aunque las apetencias de sectores angloamericanos hacia Texas no desaparecieron durante su presidencia, México y Estados Unidos ratificaron el Tratado Adams-Onís entre 1828 y 1832. Sin embargo, el abolicionismo de Adams chocaba con la ampliación de los estados esclavistas en el sur de Estados Unidos y, aunque México había abolido la esclavitud en 1828, los colonos americanos en Texas la seguían practicando. La postura española de no reconocer la república de Texas, una vez firmado el tratado de amistad con México, a diferencia de Francia y Gran Bretaña, no se tradujo en un apoyo activo a los mexicanos en su pleito con los texanos. De hecho, la petición del presidente Anastasio Bustamante para que se enviaran colonos españoles, como los derrotados carlistas, fue respondida por el enviado español, Ángel Calderón de la Barca, con una negativa, ofreciendo, en cambio, el envío de negros libres residentes en Cuba. Era una manera de aliviar el peligro negro en el caribe español, neutralizando a los colonos angloamericanos partidarios de la esclavitud.

Adams logró un triunfo en el conflicto por el barco negrero La Amistad, pese a la postura del presidente Van Buren y el responsable de exteriores Forsyth favorable a la devolución de la carga humana a España y su enjuiciamiento en Cuba. El embajador español, Calderón de la Barca, solamente pudo ocuparse de la reclamación española unos meses porque había sido destinado como primer diplomático español en México.

No parece que los progresistas tuvieran una política diferente a los moderados respecto a la continuidad de la esclavitud, aunque en 1838, tras la polémica sobre su gestión y juicio de residencia al capitán general Miguel Tacón, parece que se dieron instrucciones sin éxito para perseguir más severamente el tráfico negrero. Restablecidas las relaciones con la república mexicana en 1836 tanto progresistas como moderados no apoyaron la secesión de Texas o Yucatán, pero, al mismo tiempo, observaron una estricta neutralidad en la guerra entre México y Estados Unidos, aunque apoyaron los planes monarquistas de algunos mexicanos. Incluso uno de los sucesores de Calderón en la Legación se implicó en el golpe monarquista del general Paredes en el momento de la guerra con Estados Unidos.

Los progresistas en el poder con la regencia de Espartero, especialmente los implicados en los años de lucha en el virreinato del Perú, conocidos como ayacuchos, no tuvieron mucho interés en implicarse en el conflicto entre las repúblicas sucesoras del imperio y Estados Unidos, siendo probritánicos mientras que los moderados eran más afines a Francia. No obstante, eso no quiere decir que no fueran colonialistas, pues promovieron más que los moderados las tentativas de colonización de Guinea. Del mismo modo, fueron partidarios de reforzar las bases en diversos continentes, aunque sin establecer nuevas colonias, para promover el comercio. En cualquier caso, tras una experiencia

directa de veinte años de guerra civil en Iberoamérica, y otros tantos de amenaza de guerra generalizada con Estados Unidos, solo paliada por la diplomacia y la debilidad de España, no quisieron implicarse en los conflictos entre las nuevas naciones o en la injusta guerra de Estados Unidos con México.

Ello explicaría la renuncia de Onís en 1841 a ser enviado como ministro plenipotenciario a Washington y la no sustitución del moderado encargado de negocios, aunque si enviaron al progresista Oliver para sustituir a Calderón en México. No obstante, Antonio González y Mauricio Carlos de Onís, inversores en ferrocarriles, insistieron en 1850 en promover una línea directa regular de vapores entre La Habana y Veracruz en tiempos de gobierno del ultramoderado Bravo Murillo, para favorecer el comercio y las relaciones bilaterales en general con México.

La democracia estadounidense fue descalificada unánimemente por estos realistas o liberales moderados, no sólo por el rechazo hacia el principio democrático sino por el expansionismo hacia territorios de la monarquía bien en su etapa imperial o al estado sucesor de la república de México. En realidad, solamente una minoría de miembros del partido progresista, que evolucionó hacia el partido demócrata a mitad del siglo XIX, fue comprensiva hacia el sistema político norteamericano.

A pesar de la ayuda española hacia la independencia de Estados Unidos y la firma de tratados bilaterales en 1795 y 1819 que beneficiaban claramente a los angloamericanos, hubo una amenaza de guerra que solamente fue evitada por la debilidad de España, y que permitió a Estados Unidos lograr la extensión territorial hasta el Pacífico y la anexión de Las Floridas sin apenas derramamiento de sangre. A cambio de ello, aparentemente la monarquía había preservado el territorio de Texas, pero, enseguida, México tendría que intentar frenar la colonización angloamericana hasta la secesión texana en 1836. Finalmente, la guerra abierta entre Estados Unidos y el estado sucesor mexicano se produjo en 1845, medio siglo después del Tratado de San Lorenzo por el que la monarquía española había abandonado los asentamientos al este del Misisipi al norte del paralelo 31, con la excepción de Las Floridas y compartido la navegación de gran río.

Se trata, por tanto, de una historia global del colapso del imperio hispánico en el contexto de la emergencia de nuevas repúblicas imperiales, en especial, Estados Unidos. Un tiempo de transición y de comienzo de la edad contemporánea en el que asistimos al final de la monarquía hispánica como gran potencia y, por ello, de implicación en conflictos internacionales, para pasar a ser una mediana nación dependiente de otras potencias como Francia o Inglaterra, inmersa en guerras civiles en América y la península ibérica. El sueño de convertirse en una nación imperial con presencia en ambos hemisferios,

alumbrado en las Cortes de Cádiz, no pudo consolidarse debido al centralismo y la desigualdad, así como la visión patrimonialista de los monarcas respecto a sus territorios. No obstante, como ha analizado Fradera, en España se siguió pautas de exclusión de la ciudadanía en las colonias que siguieron otras naciones imperiales, como, por ejemplo, la república francesa.

Medio siglo de conflictos internacionales y guerras civiles dejaron exhausta a la monarquía española. En cualquier caso, el fracaso de la nación imperial en España se produjo en un contexto de relaciones internacionales que coadyuvó a su transformación en una monarquía constitucional con colonias. La diplomacia tuvo su papel en ese proceso, aunque no consiguió ayuda directa para preservar los territorios continentales americanos ni fueron aceptados por los reyes los proyectos confederales de crear nuevas monarquías borbónicas en América hasta la época de Isabel II.

El momento de mayor amenaza de guerra entre España y Estados Unidos fue 1818, aunque las agresiones en La Luisiana, las Floridas y Texas arrancaron a finales del siglo

XVIII. Tanto Jefferson como Madison consideraron a Estados Unidos como el estado sucesor del imperio hispánico en Norteamérica. No obstante, los norteamericanos evitaron un conflicto abierto con la monarquía española por temor a que fuera apoyada por alguna potencia europea, en el tiempo de las guerras napoleónicas y después con la Santa Alianza. Sin embargo, como ha destacado Stagg, fueron maquiavélicos, aprovechando la debilidad de la monarquía española tras décadas de guerras internacionales y de guerras civiles. En definitiva, era preferible conseguir la cesión de Florida mediante un tratado en vez de una guerra de conquista.

Las vidas, redes y culturas políticas de estos diplomáticos son aproximaciones microhistóricas en un contexto de historia global o transnacional. El estudio de las biografías de los ministros plenipotenciarios de España en Estados Unidos cubre, pues, los casi sesenta años transcurridos entre 1795 y 1854, con excepción de los ministros y encargados de negocios españoles entre 1820 y 1827, y 1840-1843.

Miembros de dinastías de diplomáticos y funcionarios crecidos en una cultura reformista ilustrada y aristocratizante, aunque no todavía liberal, la principal personalidad intelectual fue Narciso de Heredia, que tuvo responsabilidades sobre Estados Unidos durante prácticamente todo el período considerado, presidiendo el consejo de ministros en dos ocasiones, así como la secretaría del consejo de gobierno de la regencia. No se le puede comparar, no obstante, con los responsables de exteriores de grandes potencias de entonces, como Talleyrand, Canning o Quincy Adams.

En el tiempo del Trienio constitucional fue ratificado el tratado Adams-Onís, fue reconocida la independencia de algunas repúblicas iberoamericanas por Estados Unidos y se reabrió la cuestión de las reclamaciones por daños a los angloamericanos.

Una vez que se hubo embarcado Onís hacia Francia en la primavera de 1819, quedó el cónsul general Mateo de la Serna como encargado de negocios hasta la llegada de un nuevo enviado plenipotenciario de Madrid. La breve presencia de ministros como el general Dionisio Vives, luego capitán general de Cuba, y Francisco Anduaga durante el Trienio, se vio reducida a un mero encargado de negocios hasta 1827 con Hilario de Rivas. El siguiente enviado, Francisco Tacón, como ministro residente, no fue elevado al rango de ministro plenipotenciario hasta 1833, poco antes de la muerte de Fernando VII.

Estados Unidos tuvo una neutralidad benévola hacia los insurgentes iberoamericanos, pese a las concesiones obtenidas en los tratados con la monarquía española. Incluso una vez firmado el tratado Adams-Onís, que pretendía evitar una guerra y el propio reconocimiento de los disidentes americanos, el presidente Monroe se apresuró a hacer público el establecimiento de relaciones con las nuevas repúblicas.

La política española viró progresivamente a asegurar las posesiones antillanas, una vez abandonados los planes de reconquista de la América continental en 1830. Los Estados Unidos prefirieron, entonces, que Cuba siguiera en manos españolas antes de que cayera en manos de potencias europeas o de México y la Gran Colombia, aunque creyendo que, a medio plazo, podría formar parte de la unión americana. De hecho, a partir de 1850 ayudaron a los sectores anexionistas cubanos tolerando expediciones desde la costa norteamericana o realizando ofertas de compra de la isla.

Alguno de los personajes tratados como Luis y Mauricio Carlos de Onís, José de Heredia o Manuel González Salmón estuvieron emparentados, formando parte de una dinastía de diplomáticos que parecieron especializarse en los asuntos de Estados Unidos, aunque José Heredia y Mauricio Onís renunciaron, sucesivamente, al destino americano en 1825 y 1841, como también lo hizo el segundo marqués de Casa Irujo en 1832.

En realidad, fueron frecuentes las alianzas matrimoniales entre los diplomáticos de menor rango con sus jefes en las legaciones a través de sus hijas lo que era facilitado porque que residían en el mismo domicilio. Este fue el caso de Salmón con una hermana de Onís o José Heredia con una hija del mismo, así como Potestad con una hija de Tacón. No obstante, Onís prefirió que su hijo Mauricio Carlos se emparentara con una prima hermana más que con la hija de su jefe en Londres, Ruiz de Apodaca, almirante futuro capitán general de Cuba y último virrey de Nueva España. Ello se debió a razones de

reunión patrimonial y aspiraciones de mayorazgo y un título nobiliario como marqués de Torre Onís de Nueva España.

No obstante, tanto Martínez de Irujo como Calderón se casaron con angloamericanas mientras que Onís lo hizo con una luterana sajona, lo que trajo consigo dificultades para el ingreso de sus hijos en la orden nobiliaria de Carlos III.

Solamente son conocidos los casos de Eugenio de Onís y de Gabriel García de Tassara que tuvieran hijos fuera del matrimonio. El primero terminó reconociendo a su primogénito Mauricio, aunque no pudo satisfacer una pensión al tener que expatriarse como afrancesado y ver secuestrado su principal inmueble, aunque el Estado terminó asignando ésta con la renta obtenida. En el caso de Tassara no hubo tal reconocimiento de la paternidad y el hijo común con Gertrudis Gómez de Avellaneda falleció tiempo después.

Esta aspiración a un título de Castilla fue generalizada en esta generación de diplomáticos realistas o liberales moderados. Aunque Irujo y la viuda de Calderón lo obtuvieron con la denominación de sus apellidos, en otros casos, como los Onís, no fue posible debido tanto a la polémica por el tratado con Estados Unidos como por la insuficiencia de un proyecto de colonización en Castilla, pese a la previa adquisición de un señorío eclesiástico en la época de Godoy.

En cualquier caso, la aspiración de obtener un título nobiliario se vería realizada a través de matrimonios convenientes de algunos de las hijas y nietos de la dinastía Onís. De igual modo, el segundo marqués de Casa Irujo fue duque consorte más adelante. Solamente, los Heredia pertenecían a una familia con título, aunque al ser segundones, Narciso pasó a ser conde de Ofalia por matrimonio, aunque ascendería a marqués de Heredia-Spinola, con rango de grande de España al final del reinado de Fernando VII.

Por su lado, Miguel Tacón, empleado con su tío en Washington, heredó el título de Marqués de la Unión de Cuba, que había obtenido su padre como capitán general de Cuba en tiempo de la regencia de María Cristina de Borbón Dos Sicilias.

Cinco de los personajes biografiados fueron miembros del gobierno de Fernando VII, de su viuda, María Cristina de Borbón, como regente del reino, y, finalmente, de Isabel II. Además, tres de ellos encabezaron el gobierno, repitiendo la jefatura en varios momentos como titulares o interinos. Solamente Luis de Onís, que había alcanzado el mayor rango administrativo dentro de la primera secretaría de Estado como oficial mayor no llegó a ser ministro al ser destinado en Estados Unidos y luego terminar expatriado al final del Trienio Liberal. El marino Tacón murió en el ejercicio de su misión en Estados Unidos, no haciendo tampoco carrera burocrática en el Ministerio. Puede concluirse que los

arriesgados y lejanos destinos en las repúblicas del Norte de América trajeron consigo ascensos burocráticos o entrada en el círculo del gobierno.

Únicamente, el ilustrado liberal Valentín de Foronda, encargado de negocios en Estados Unidos en 1808-1809, se manifestó partidario de la constitución jeffersoniana, como ha estudiado Carmen de la Guardia. No obstante, a pesar del estudio introductorio y edición documental de Benavides y Rollán sobre Foronda todavía cabría un estudio más en profundidad de su misión diplomática desde 1802.

No sería hasta los años treinta cuando un exiliado liberal, Miguel Cabrera de Nevares, publicó unas “observaciones” descriptivas sobre la democracia jacksoniana en las que vaticinaba su futuro imperial a través del federalismo, aunque la obra de Tocqueville sería difundida también en la prensa progresista.1 Los comentarios sobre el sistema político norteamericano de los diplomáticos realistas moderados Martínez de Irujo, Onís o Calderón de la Barca, cuyas misiones van de fines del siglo XVIII a mitad del siglo XIX, fueron claramente despreciativos y denigratorios, asimilando la vida política de Estados Unidos con la demagogia, la fragmentación y la anarquía.

Fuera de la época tratada, culminada con la guerra entre México y Estados Unidos entre 1845 y 1848 y la misión de Calderón hasta el bienio progresista en España, fue nombrado el poeta y político Gabriel García de Tassara. Nacido ya en 1817, su embajada se desarrolló durante el final del reinado de Isabel II con los gobiernos de la Unión Liberal y del partido moderado. Es conocido también por la desgraciada relación que tuvo con la escritora cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda, con la que tuvo un hijo al que abandonó sin reconocerle. Se trató de su primera misión diplomática porque antes había rechazado la legación en la Toscana y su misión se extendió durante más de diez años hasta poco antes del final del reinado con la revolución de 1868. Tuvo que ser retirado de la Legación debido a la protesta del secretario de Estado americano, que fue sin más leída en el Ministerio de Estado español en Madrid.

Le tocó asistir a la intervención francesa y retirada de Prim de México en 1861-1862, así como al comienzo de la guerra civil americana, que había sido pronosticada por antecesores suyos como Luis de Onís. La guerra civil americana constituyó un punto de inflexión para la cuestión de la esclavitud en las posesiones antillanas, al ser abolida en Estados Unidos. A partir de entonces, el abolicionismo cobró fuerza entre demócratas y republicanos, con personalidades como Segismundo Moret, que habría de ser ministro de Ultramar al comienzo del Sexenio Democrático.



1 Rodrigo Escribano, “Los Estados Unidos en las culturas constitucionales del liberalismo posrevolucionario español, 1834-1848”, Historia Constitucional, 22, 2021.

Tassara, aunque fue promocionado por el gobierno de la Unión Liberal, era seguidor del conservador Donoso Cortés. Fue defensor de la idea de una “raza hispana” y, por tanto, de la unión cultural de España y los países hispanoamericanos. Todo ello, en un contexto de guerra de España con los países del Pacífico como Perú y Chile, además de la intervención en Santo Domingo. Creía que España debía mantenerse neutral en la guerra civil mexicana, ofreciendo la mediación si era requerida para ello.2 Sin embargo, España aunque reticente al principio a la intervención del “pequeño Napoleón” en México, terminó reconociendo al efímero Imperio de Maximiliano, a diferencia de Estados Unidos, que apoyó a Juárez.

La anexión de la República Dominicana en 1861 ha sido definida como una cuestión de honor, que fracasó al poco tiempo y que planteaba problemas respecto a la continuidad de la esclavitud en las otras islas caribeñas y la apertura de la ciudadanía en las colonias. La posesión de Santo Domingo había sido moneda de cambio en época absolutista, pues se planteó ofrecerla a potencias como Francia o Inglaterra a cambio de un apoyo activo en otros frentes. Más adelante, tras el reconocimiento francés de la independencia de Haití, Fernando VII planteó la recuperación de la colonia en la parte española de la isla y al final de los años veinte envió sin éxito a un comisionado a reclamar la devolución del territorio a cambio del reconocimiento de Haití. Cuando se restableció la república dominicana en 1844, los diplomáticos españoles y los capitanes generales fueron cautos ante las propuestas de establecer un protectorado de España, pero estuvieron también atentos a que otras potencias sustituyeran a España en ese papel por las repercusiones que podrían tener para la presencia española en Cuba o Puerto Rico.

Las fuentes principales de estos estudios biográficos han sido los expedientes personales de los diplomáticos y sus despachos depositados en el Archivo Histórico Nacional y el Archivo General de Indias. También han sido de utilidad la correspondencia del archivo del presidente Madison, los diarios de Quincy Adams y los documentos publicados por el Congreso de los Estados Unidos sobre las relaciones bilaterales con España, así como otras colecciones documentales publicadas a partir del Archivo Nacional de Cuba.

Respecto a la cultura escrita, más allá de los despachos diplomáticos, solamente Calderón dejó unos deslavazados diarios, mientras que los dos Onís escribieron memoriales con carácter de escritos autobiográficos, con recopilación de documentos.





2 Una recopilación de su despachos y correspondencia en Mario Méndez Bejarano, Tassara: nueva biografía crítica, Madrid, Imp. J. Pérez, 1928.

Tanto el Marqués de Casa Irujo como Luis de Onís utilizaron el seudónimo Verus para el combate ante la opinión pública de Estados Unidos, publicando varios folletos.

La historiografía sobre los diplomáticos españoles en el siglo XIX cuenta con obras clásicas de referencia como la de Jerónimo Becker o estudios más recientes del hispanista francés Didier Ozanan o del diplomático e historiador Miguel Ángel Ochoa Brun, así como las semblanzas del Diccionario de la Real Academia de la Historia. Algunas figuras, como Cea Bermúdez, Onís o Bardají, cuentan con ensayos biográficos, pero de carácter muy tradicional y publicados a veces hace más de medio siglo. Sin embargo, la mayoría son breves semblanzas biográficas, sin profundizar en sus redes familiares y culturas políticas.

Asimismo, con un carácter más prosopográfico, María Victoria López Cordón estudió el personal de la embajada en Lisboa y de la primera secretaría de Estado durante el reinado de Fernando VII, heredero de las prácticas del Antiguo Régimen durante la edad Moderna.

La biografía es un género especialmente vivo para el siglo XIX, que contrasta con el predominio de los historiadores del siglo pasado en el seno de la academia. La nueva biografía se detiene en las redes y sociabilidad de personajes no sólo de las elites, atendiendo a sus culturas políticas.

Los diplomáticos, fueron una minoría muy pequeña del funcionariado de la España liberal, siendo calificados en las memorias de uno de ello, José García de León Pizarro, como “una cena de navidad”, debido a la existencia de dinastías de diplomáticos como los Onís, Cea Bermúdez o Martínez de Irujo. En realidad, el funcionamiento de la primera secretaría de Estado en la época contemporánea fue representativo de las pervivencias y privilegios propios del Antiguo Régimen, en especial, la cooptación familiar, los requisitos de nobleza, o al menos hidalguía, para obtener alguna de las órdenes, como la de Carlos III, el Toisón de Oro o la Americana de Isabel la Católica.

Todas estas personalidades murieron antes de la intervención de la Unión Liberal en México o la anexión de la República Dominicana, aprovechando la división y guerra civil de Estados Unidos, como había vaticinado Luis de Onís. En efecto, tanto Mauricio Carlos de Onís como Ángel Calderón de la Barca, surgidos a la esfera pública ya en época de la guerra de independencia, fallecieron en 1861, mientras que la mayoría del resto de los diplomáticos estudiados murieron durante la década absolutista de Fernando VII o el período de las regencias de María Cristina de Borbón Dos Sicilias o Espartero.

Este libro nació prácticamente con la pandemia a comienzos de 2020, iniciando con el confinamiento un interés por el siglo XIX, ajeno a mi dedicación durante las pasadas

cuatro décadas por la historia del tiempo presente. En cierto modo, también enlazaba con mi vivencia de muchos años de estancias e intercambios en México, en especial, con el Instituto de Investigaciones Históricas de Morelia desde 1995.

Quiso ser una biografía de Luis de Onís o, en su caso, de la dinastía de diplomáticos de la familia Onís. Para ello, pude consultar una parte del archivo familiar digitalizado Onís- Wefers, y realicé gestiones sin éxito con el resto del fondo en manos de algunos de sus descendientes que está en Austin (Texas) con un proyecto de depósito en la Universidad. Sin embargo, he tenido que postergar o renunciar a un proyecto de investigación y estancia en Estados Unidos. Agradezco a Engelbert Wefers y Pilar Cabildo las ayudas con el archivo digital de los Onís.



Madrid, marzo de 2023